sábado, 28 de noviembre de 2009

Ese momento

Mis manos se encontraron con su cintura, lentamente la acerqué. Mi mano izquierda la rodeo mientras la derecha se llenaba de sentires al acariciar su mejilla abriendose paso hacia su pelo. Con un leve escalofrío que reptó por las espaldas, nuestros ojos, furtivos y esquivos; se encontraron. Mis dedos aunados a su cabello dieron el soporte necesario (físico y emocional), para el encuentro que estaba por venir, despacio y dudosamente nos acercamos hasta que los labios, ya hambrientos, se encontraron de frente con un roce tibio que calmó los cuerpos. Y fue entonces, solo entonces que sucedió, un beso, solo un beso, simplemente un beso: confirmó lo que sabía y apaciguó sus dudas.

La cercanía de nuestros rostros, de manera silente, obligaba a los ojos a permanecer cerrados. El beso llegó a su fin, los labios ahora satisfechos se alejaban, en un mutuo acuerdo, ambos inclinamos las cabezas hasta que nos tocamos.

Ella levató la mirada y rodeandome con sus brazos apoyó su cabeza sobre mi pecho. Yo la abrace suavemente.

Ese corto instante, para muchos insignificante, por ellos perpetuado: duraría una eternidad.